Maximilien regresó a casa esa noche y, con un aire misterioso, invitó a Gracia a acompañarlo al día siguiente a un lugar especial. Ella, intrigada, intentó sacarle la información, pero él se limitó a sonreír y guardó silencio hasta la mañana siguiente.
—¿Estás lista, preciosa? —le preguntó acariciándole la mejilla.
—Claro que sí, ¿a dónde me llevas? —insistió, ansiosa. Maximilien solo le dedicó una sonrisa enigmática.
—Quiero que conozcas a alguien. Lo entenderás cuando lleguemos.
Gracia sabía