58. Eres mía ahora, Serafina
Sin saber cómo, llegaron a la habitación, y solo descubrieron que estaban allí cuando un sillón los detuvo.
— ¿Estás bien? — le preguntó Savino a una Serafina que se sentía flotar en una nube erótica, al tiempo que se separaba un milímetro de sus labios y reposaba su frente en la suya.
Ella asintió con una sonrisa.
— Estoy perfecta — consiguió decir con demasiado fuerzo, pues la pasión de aquel beso le había cortado el aliento.
Savino sonrió de vuelta, orgulloso, y la tomó de los muslos, instánd