38. Una trampa
Esa noche, dominado por el orgullo y un sentimiento oscuro superior a él, Remo se encerró en el despacho y bebió no solo hasta que el reloj marcó las tres de la madrugada, sino hasta que todo de él comenzó a anhelar arreglar las cosas con Marianné.
— Debo hablar con ella — musitó, decidido, antes de incorporarse y acercarse a la puerta.
Alguien entró antes de que él tuviera la oportunidad de salir.
— ¿Ginevra? — preguntó, confundido. Echó un vistazo al reloj para comprobar lo tarde que era —