Christian permanecía de pie junto a la vieja camioneta, dándoles la espalda. Aún sostenía la llave inglesa en su mano. Sus hombros anchos se encorvaron ligeramente y sus ojos enrojecidos se clavaron, ausentes, en el motor del vehículo.
—¿Entonces conoces a ese hombre, Christian? —preguntaron Alejandro, Fernando, Ignacio y Rafael casi al unísono. Sus voces sonaron compactas, como un coro que no hubiera sido ensayado.
En el taller, que empezaba a quedar desierto, sus palabras resonaron con clar