Las palabras de Arabella.
El aire en la estancia cambió súbitamente.
Ya no era cálido como cuando los rayos del sol se filtraban por la ventana. Ya no era sereno como cuando las manos de Dominic aplicaban con delicadeza el ungüento en la mejilla de Arabella. Algo se había desplazado. Algo se había roto, haciendo que aquella habitación tan vasta se sintiera estrecha y asfixiante.
Dominic acababa de terminar de curar las heridas en el vientre de Arabella. Dejó el algodón usado sobre la caja blanca a su lado. El pequeño f