No quiere ser comparada.
Arabella no respondió. Mantuvo la mirada baja mientras las lágrimas seguían fluyendo. Ni ella misma sabía de dónde había sacado el valor para ser tan honesta.
—Te he preguntado si has terminado de hablar —repitió Dominic, elevando un poco la voz.
—Lo siento, señor —susurró Arabella, con la voz ronca por el llanto contenido—. He hablado demasiado. No debí...
—No. No debiste compararme con nadie, y mucho menos con tu marido.
Dominic le dio la espalda. Caminó hacia el gran ventanal que daba al