Bella abrió los ojos. Sus dedos temblorosos liberaron la cadena de seguridad. La llave giró. Presionó el pomo. La puerta se abrió primero una rendija, y luego de par en par.
El repartidor aguardaba en el porche con una leve sonrisa en el rostro.
—Aquí tiene, señora. Un pedido del señor Christian Hale —dijo el mensajero, extendiendo la caja de cartón marrón hacia ella.
Bella recibió la caja con manos trémulas.
—Gracias —murmuró apenas.
—No hay de qué, señora. Que lo disfrute.
El hombre dio