El automóvil negro avanzaba a paso lento por las calles de Madrid, que comenzaban a despejarse. La tarde cedía su lugar al crepúsculo; el cielo mutaba de un azul tenue a un matiz anaranjado y rojizo, pincelando un paisaje deslumbrante en el horizonte. Las luminarias de la vía pública comenzaban a encenderse una a una, proyectando una tenue claridad sobre el asfalto desierto.
Sin embargo, en el interior del vehículo, la atmósfera distaba mucho de la serenidad del exterior. La tensión se respirab