Esa noche, Madrid yacía bajo un cielo sombrío y carente de estrellas. La luna permanecía oculta tras densos nubarrones, reacia a iluminar la tiniebla que envolvía la urbe. Una llovizna fina comenzó a caer, tejiendo un murmullo rítmico al chocar contra las aceras y los tejados, como si la propia naturaleza se uniera al duelo por lo que acontecía en el interior de una de las mansiones de la periferia.
Dentro de la suntuosa residencia de Dominic, la atmósfera se percibía aún más lúgubre que de cos