Tras el desayuno y el medicamento, el estado de Dominic comenzó a mejorar. El dolor de cabeza que antes amenazaba con hacerle estallar el cráneo comenzó a ceder, aunque todavía persistía un leve punzadas en sus sienes. Sus ojos, que antes lucían enrojecidos y apagados, recuperaban la concentración, y el matiz pálido de su rostro cedía paso a un tenue rubor de vida.
Dominic ya se había cambiado de ropa. Llevaba un impecable saco negro, una camisa blanca impoluta y una corbata gris oscura anudada