Esa noche, la suntuosa residencia de la familia de Ana se sentía más gélida de lo habitual.
Las arañas de cristal del salón principal proyectaban una luz tenue, trazando alargadas sombras sobre el reluciente suelo de mármol blanco. Las tupidas cortinas color crema permanecían cerradas por completo, impidiendo el paso de la claridad exterior. La atmósfera en el interior de la casa era densa, tensa, presagio indudable de una tormenta inminente.
Ana había recibido el alta hospitalaria dos días atr