Esa mañana, la residencia principal de la familia de Ana se sentía más gélida de lo habitual.
Los rayos del sol se filtraban a través del gran ventanal de vidrio del despacho de Don Carlos, trazando siluetas de luz sobre el reluciente suelo de mármol blanco. Las tupidas cortinas color crema aún permanecían corridas, impidiendo el paso excesivo de la claridad. En el interior del recinto, el ambiente se hallaba impregnado de una densa tensión, preludio de una tempestad inminente.
Don Carlos perma