Esa noche, después de que Ana cerrara la puerta de su dormitorio, la imponente residencia de la familia se sintió más desierta de lo habitual. La atmósfera, en otro tiempo cálida y rebosante de risas, cedió su lugar a una quietud sofocante. Las luminarias del pasillo permanecían encendidas con tenue intensidad, proyectando alargadas sombras sobre los muros de mármol blanco, como si la propia casa compartiera el duelo que se gestaba en su interior.
Dominic continuaba sentado en el sofá del salón