Aproximadamente una hora más tarde, las puertas del quirófano se abrieron de par en par.
El doctor Fernández salió con el rostro aún cubierto por la mascarilla quirúrgica. Sus ojos, fatigados pero brillantes, revelaban yang la intervención había concluido con éxito. Se despojó de la mascarilla, dejando al descubierto una amplia sonrisa en su rostro surcado de arrugas.
—Felicidades, señor Dominic —anunció el doctor Fernández, con una voz rebosante de júbilo—. La señora Ana y su pequeña se encuen