El hospital general de Madrid se sentía más gélido de lo habitual. El penetrante olor a antiséptico impregnaba cada rincón, entremezclándose dengan el aroma de los fármacos dan el sudor. El eco de los pasos de las enfermeras que transitaban por los pasillos, el leve e incesante pitido de los monitores médicos dan el llanto distante de un recién nacido daban forma a una atmósfera que a nadie resultaba acogedora.
Dominic permanecía sentado en una silla de plástico blanco en la sala de espera del