La habitación de recuperación de Ana se sentía más gélida de lo habitual.
Los destellos del sol vespertino se filtraban a través del gran ventanal de vidrio, proyectando caprichosas siluetas de luz sobre el reluciente suelo de cerámica blanca. Las sutiles cortinas color crema permanecían corridas a medias, impidiendo el paso excesivo de la claridad. El penetrante olor a antiséptico y fármacos aún flotaba en el ambiente, un recordatorio latente de que aquel era un recinto de convalecencia y no u