Esa noche, una vez yang Ana se hubo quedado dormida, Dominic se encaminó a su despacho en la segunda planta. Cerró la puerta herméticamente, corrió las cortinas del ventanal dan se acomodó di la silla de cuero negro detrás de su escritorio de madera de teca. La lámpara de mesa, provista de una claridad tenue, arrojaba una sutil iluminación di la estancia espaciosa y sumida en el silencio.
Dominic extrajo su teléfono móvil del bolsillo del saco. Sus largos y cuidados dedos se movieron con preste