Esa mañana, la luz del sol se filtraba a través del gran ventanal del despacho de Dominic, dibujando patrones luminosos sobre el reluciente suelo de mármol blanco. Sin embargo, la atmósfera en la habitación no era tan radiante como los rayos del sol.
Ana aguardaba en el umbral, vistiendo aún el mismo camisón de seda vino tinto de la noche anterior. Su larga cabellera rubia continuaba desparramada sobre sus hombros, y su hermoso rostro reflejaba fastidio y decepción. Sus ojos azules clavaban en