Emanuel se quedó completamente quieto mientras limpiaba con una servilleta la sangre que Nicola le había arrancado del labio.
Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener el pequeño botiquín que había encontrado en la cocina, pero aun así me obligué a concentrarme. El corte en su boca no era demasiado profundo, pero verlo herido por mi culpa hacía que la vergüenza me aplastara el pecho.
—Lo siento… —susurré por tercera vez, humedeciendo el algodón con desinfectante.
Emanuel soltó una