El sobre de aquella maldita prueba seguía sobre mi escritorio.
Como una bomba.
Como una sentencia.
Como la prueba viviente de que mi vida, que ya era un puto infierno, podía hundirse todavía más.
Agarré con rabia una botella y lo lancé contra la pared con tanta fuerza que Alessandro dio un paso atrás.
—¡MALDITA SEA! —rugí.
El vidrio de una de las licoreras explotó cuando lancé una botella.
El alcohol se derramó por el suelo como sangre.
Mi respiración era brutal, descontrolada, mi pecho subía y