— ¡Bonita hora de llegar, Rosie Harper, o más bien diría Rosie de Livingston!
Rosie se tensó, el corazón le dio un vuelco. Maximus. Estaba ahí, en la penumbra del salón, sentado en un sillón con una copa en la mano. Sus ojos brillaban con una furia contenida y su postura rígida como una estatua.
— No quiero discutir ahora —dijo Rosie, intentando sonar firme, y siguió subiendo las escaleras, ignorando el pulso acelerado.
— Espera —ordenó él, poniéndose de pie—. Tenemos que hablar.
Ella no se det