Ya tenía los resultados reales.
Douglas Livingston entró en un estado de desesperación absoluta. Sus ojos, antes cargados de arrogancia, ahora parecieran que fueran a salir de sus cuencas, buscando una salida que no existía. Las verdades habían salido a la luz como una marea negra que lo sumergía sin piedad. El juez, un hombre cuya integridad era tan sólida como el mazo que sostenía, lo observó con una mirada de desprecio tan profunda que pareció encoger a Douglas en su asiento.
—Douglas Livingston —la voz del juez resonó en