Las almas de sus padres podrán descansar.
—¡Objeción, señor juez! —Douglas se coloca de pie como si fuera victima. Su ego, ese pedestal de cristal sobre el que ha construido su vida, no le permite ser acusado ni mucho menos perder lo que tanto anhela: el poder absoluto de los Livingston. Sus manos tiemblan ligeramente mientras señala al abogado—. ¡Este hombre me está acusando sin fundamentos!
—Lo estoy —responde el Dr. Valente, el abogado de los Livingston, con una calma que resulta insultante para Douglas. Se gira lentamente, formando