Ximena
Ella se limpió las lágrimas. Recordó que había pasado por peores situaciones; no podía permitir que esta la dominara. Tomo aire y llamo al guardia: —Necesito llamar a mi abogado.
El guardia, un policía gordo, con una sonrisa que solo dejaba ver los dientes inferiores, simulando una carcajada, le respondió: —señorita, aquí no es un hotel. La dejarán llamar cuando esté recluida en la cárcel de mujeres.
—¡Usted no me puede hacer esto, conozco mis derechos!—; Ximena protestó cogiéndose de lo