La luz de la mañana se filtraba por las cortinas del hospital, suave y dorada. Isabelle abrió los ojos lentamente, aún con el cuerpo pesado por el descanso. Lo primero que vio fue a James, sentado en el sillón junto a la ventana, con un vaso de café en una mano y una tablet en la otra.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Isabelle, con voz ronca pero curiosa.
James levantó la mirada, sonrió apenas.
—Buenos días a ti también —dijo, dejando la tablet sobre el sofá—. Llamé a Damián. Le pedí que