Noah estaba revisando documentos cuando la puerta de su despacho se abrió sin previo aviso.
James entró con paso firme, sin pedir permiso.
—¿Vienes a defenderla otra vez? —dijo Noah, sin levantar la vista.
—Vengo a pedirte que pienses antes de destruir a alguien —respondió James, cerrando la puerta tras de sí.
Noah se levantó, cruzando los brazos.
—¿Destruir? Hay un video, James. No necesito pensar mucho.
—¿Y si te equivocas? —James se acercó—. ¿Recuerdas lo que pasó con el accidente de Celeste? También la culpaste sin pruebas sólidas.
—Había una prueba —replicó Noah—. El pañuelo con sangre en su bolso.
James soltó una risa seca.
—¿Un pañuelo? ¿Eso es todo lo que necesitas para condenar a alguien?
Noah frunció el ceño, molesto.
—¿Qué estás insinuando?
James metió la mano en su bolsillo y sacó un teléfono.
—Si realmente quieres saber quién estuvo en el hospital, empieza por leer esto.
Lo dejó sobre el escritorio. Noah lo tomó con desconfianza, desbloqueó la