Zeynep estaba sentada en el sofá, con un libro entre las manos. El silencio del apartamento la envolvía, solo interrumpido por la respiración pausada del bebé que dormía en su cuna.
Las páginas del libro pasaban lentamente, aunque su mente estaba lejos de las palabras.
De pronto, el sonido del teléfono la hizo sobresaltarse.
Miró la pantalla y sonrió con alivio: era Selim, su suegra.
Contestó de inmediato.
—¿Aló?
—Zeynep, hija, ¿cómo has estado? —preguntó la voz cálida de Selim al otro lado de