El aire en el despacho de Baruk Seller era tan denso que parecía difícil inhalar. Una semana de silencios tensos y esperas agónicas había culminado en esa reunión. Sobre la mesa de caoba, un documento con el sello oficial del juzgado descansaba como una sentencia de muerte.
Baruk, con el rostro encendido por una furia contenida, golpeó el escritorio. —¡Dígame cómo sucedió esto! —bramó, mirando al equipo de abogados—. ¿Cómo pudo permitir que esto pasara bajo mi techo?
Emmir sostenía el acta, rel