El motor del auto de Abram rugía, reflejando la tempestad de su interior. Mientras conducía hacia la residencia de Azra, golpeó el volante con frustración. La traición de Azra al presentar la demanda no era solo una jugada legal; era un suicidio emocional que arrastraría a todos al abismo.
Al llegar, se encontró con una seguridad inusitada. Guardias privados vigilaban la entrada, un despliegue de ostentación que le provocó una mueca de disgusto. —Vaya... —Murmuró para sí mismo—. Se cree que aho