El amanecer en Estambul se filtraba por las cortinas de seda de la habitación, pero para Zeynep, no traía ninguna luz. Llevaba horas caminando de un extremo a otro, con el sonido de sus propios pasos resonando como una condena. No había podido pegar el ojo en toda la noche; cada vez que cerraba los párpados, veía a un juez golpeando un mazo y a unos oficiales de justicia arrancándole a Evan de los brazos.
La puerta se abrió con un leve chirrido. Kerim entró, todavía con la ropa del día anterior