El desayuno fue tenso.
Marcus se movía por la cocina como un hombre con un mapa: eficiente, distante, inalcanzable.
Sophia lo observaba desde la encimera.
El remangado de sus mangas, la forma en que sus antebrazos se flexionaban al servir el café.
La contención en cada movimiento de su cuerpo gritaba más fuerte que cualquier deseo.
Ella fue la primera en ceder.
—¿Por qué no me miras?
Marcus no se giró.
—¿Hay alguna razón en particular por la que debería hacerlo?
Ethan se quedó paralizado a mita