No hubo una reacción inmediata. Solo silencio. Un silencio pesado que llenó toda la habitación en un abrir y cerrar de ojos. Fue un silencio tan denso que se sentía al respirar, como sí cada palabra que todavía no decía, ya tuviera un peso de plomo, cayendo sobre nosotros.
Luego, con un tono que desconocí, dijo:
—¿Estás bromeando?
A pesar de ser una pregunta, no sonó como tal. Sonó a acusación, a negación... y rechazo.
Me quedé inmóvil un momento, con los ojos fijos en el techo, con el cora