Parpadeé varias veces, tratando de obligar a mi cerebro a procesar la magnitud de la locura que acababa de ocurrir. Apreté los puños sobre el regazo, sintiendo que las uñas se me clavaban en las palmas.
—Es que sigo sin entenderlo, Sofía —admití, con la voz un poco temblorosa por la indignación—. No me cabe en la cabeza. ¿Por qué demonios compró él la boutique? ¿Qué busca con esto? ¡Él no sabe nada de moda, es un ogro que solo sabe gruñir y dar órdenes!
Sofía soltó una carcajada nerviosa y se a