El insulto me dio una oleada de fuerza. Apoyé las palmas de mis manos en su pecho firme, sintiendo la dureza de sus músculos y el calor que emanaba de su cuerpo, y lo empujé con todo el peso de mi anatomía.
—¡Yo tampoco te quiero en la mía! —le grité con todas mis fuerzas, sintiendo que la garganta me ardía por la indignación—. ¡Es mejor que te vayas de una buena vez! ¡Lárgate!
—¡No me voy! —me gritó él de vuelta, dando un paso al frente para acortar la distancia, con los ojos inyectados en san