El aire del almacén abandonado olía a humedad, gasolina y moho. Coni yacía sobre el suelo de concreto, respirando con dificultad mientras la sangre brotaba de su labio partido.
Mordecai, ebrio de poder y resentimiento, la tomó brutalmente del cabello y la obligó a ponerse de pie, pegando el cuerpo de ella contra el suyo con violencia.
—Mírate... —siseó Mordecai contra su oído, aferrándola con rabia mientras le daba un beso tosco, forzado y despiadado en la boca—. Todo el rechazo que me diste, c