En la estancia principal de la mansión Turner, el tiempo parecía haberse congelado. Coni caminaba de un lado a otro, frotándose las manos temblorosas, con las lágrimas aún corriendo por sus mejillas. El eco de la voz rota de Boris seguía atrapado en su cabeza, torturándola con la peor de las posibilidades: que su hermano ya hubiera dejado de respirar.
Mónica la observaba desde el sofá, con el corazón encogido en un puño de angustia. Por fuera intentaba mantener la compostura, pero por dentro la