―¡Bájame! ¡Troglodita! ¡Déjame! ―vociferó la pelirroja tratando de zafarse de Zeke, pero para su sorpresa, el brazo de ese hombre parecía hecho de acero y no lograba soltarse de su agarre―. ¡Qué me bajes te dije! ―exigió, dándole puñetazos en los omoplatos.
Aquello era humillante, él la cargaba como si fuese un saco de papas; y no solo eso, sino que ella estaba segura de que Zeke disfrutaba la situación, lo hacía a propósito con el único fin de llamar la atención de todos los presentes y que no