—Alana, ¡¿qué diablos crees que estás haciendo?!
—Padre, ¿qué haces acá? Tú deberías estar de vacaciones, desestresándote en alguna isla paradisiaca. —respondía de manera nerviosa; se sentía atrapada, pero debía guardar la compostura; después de todo era su padre, el hombre que a medida que impartía miedo impartía en toda Italia, con su sola presencia.
—Por supuesto. Sin embargo, tuve que venir, porque me dijeron que mi hija, mi heredera, la princesa de la mafia, está cometiendo una sarta de estupideces. ¿En serio la mandaste a secuestrar?
—Padre, por favor, no te metas en esto, yo sé por qué hago las cosas —tratando de restarle importancia, agachando su mirada; sabía que su padre, enojado, era como el mismo diablo en persona.
—Detén esto en este instante o lo hago yo mismo.
Alana simplemente no pudo contenerse más; no la entendía o comprendía; nadie podía imaginar el inmenso amor que sentía hacia Eve; después de todo, eran años esperando casi en silencio y solo recibiendo migajas;