—Todo a su tiempo, rubio —mientras seguía inspeccionando la casa, sonriendo sin explicación alguna, al mismo momento que él recibía una llamada.
—Tengo una emergencia, ¿quieres acompañarme?
—¿Dónde? —respondió ella.
UNA HORA DESPUÉS
—Hermosa, yo también te extrañé, preciosa Kitty, no te pongas celosa, Arnulfa, yo también te extrañé, cositas preciosas y hermosas, se ven tan bien, hasta han subido de peso.
—Se nota que también te han extrañado, mira cómo te lame la cara y la otra, que la quiere arañar para que no se te acerque. —Estaba a punto de ponerle su arnés cuando ella le pidió hacerlo. —Es un poco complicado ponérselo, espera.
Sin embargo, en rápidos movimientos, la pequeña se dejó poner y acariciar a la vez por las manos de ella, de la persona que poseía el corazón que tanto añoraba.
—Sebas, ¿la conoces de antes? —era Raymond, el encargado del refugio u hotel para perros que había fundado hacía un tiempo, luego que cerraran el anterior por parte de las autoridades.
—¿Por qué lo