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No era una imagen, no era una escena, eran voces en su mente, un sueño profundo, la voz de su inconsciente, la voz de su memoria.

—Hola princesa, despierta.

—Príncipe, es tarde. ¿Por qué no me despertaste antes? No debo dormir tanto.

—es que te veías como un ángel dormido.

—Tú me ves con amor, solo es eso.

—Yo te veo con todo el amor del mundo, princesa hermosa, eres demasiado perfecta, te he extrañado demasiado. ¿Por qué tardaste tanto?

—Solo dormí, ¿por qué hablas como si me hubiera ido? ¿Por qué lloras, príncipe?

Fue lo último que oyó; de repente sentía como si el aire regresara a sus pulmones, las lágrimas aparecieron solas, el temblor en su boca y aquel dolor que consumía su pecho.

—Ya no llores, Eva, tranquila, no estás sola —podía verlo. Ahí estaba el rubio; sintió que respiraba, que volvía a vivir, abrió por completo los brazos para lanzarse a los suyos, como si solo él la pudiera calmar.

—Tengo miedo, por favor, no me dejes sola.

—¿Por qué tienes miedo? —preguntó él.

—Solo ab
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