SEBASTEN.
Miro a Fayir fijamente. Sus nudillos siguen blancos sobre la mesa, aguantando la humillación de mi risa. Es un perdedor obstinado, de esos que confunden la paciencia con la debilidad.
—No seas necio, Sebasten —insiste Fayir, bajando la voz, tratando de recuperar ese tono de superioridad corporativa que tanto le gusta—. Lo que planeas hacer con las redes secundarias en Bogotá y Lima no es viable a largo plazo. Te vas a desangrar. Los gobiernos locales te van a asfixiar con permisos. Ne