AURORA
—No voy a flaquear, Sebasten —le respondo, sosteniéndole la mirada con la misma intensidad—. Pero si ese infeliz se atreve a sonreírme como si no hubiera pasado nada, no sé si pueda contener la rabia.
Sebasten suelta una risa corta, rústica, y sus ojos brillan con un orgullo salvaje.
—Usa esa rabia. No la escondas. Que vea que la mujer que intentó aplastar ahora tiene los colmillos afilados. De la diplomacia barata me encargo yo; tú solo encárgate de recordarle con tu presencia que fraca