AURORA
Me pongo de pie de golpe, interponiéndome entre los dos.
—¿Cómo que a solas? —le reclamo al médico—. Yo soy la que está embarazada. ¿Sucede algo malo?
—Señorita, por favor, es solo un tecnicismo... —trata de calmarme el doctor Bellingham.
—No me salgas con evasivas. Yo quiero saber qué es lo que pasa —exijo, girándome hacia el dueño de la casa—. ¿Por qué tienes que hablar con él a solas, Sebasten? ¿Qué me están ocultando?
—Aurora, quédate aquí. Es un asunto médico de hombres —me dice él,