AURORA
Me erguí despacio, cuidando la zona de la cesárea, y me acerqué a ella.
—Tómalo, mamá —le dije con voz dulce, ofreciéndole al pequeño—. Conoce a tu nieto.
Harola extendió los brazos con un temblor inocultable, como si le estuvieran entregando el tesoro más frágil del mundo. Acomodó al bebé contra su pecho y, en cuanto sintió el calor de Christopher y lo vio mover sus pequeños puños hacia su bata, rompió a llorar desconsoladamente. Era un llanto de alivio, de amor desbordado, de ver la vi