AURORA
Me pongo de pie como puedo. El dolor de la cesárea me atraviesa el abdomen como una navaja al rojo vivo y suelto un gemido ahogado, doblándome hacia adelante. Siento que los puntos se me van a abrir en cualquier segundo. Sebasten me pasa un brazo por la cintura para sostener mi peso antes de que me desplome al suelo.
—Apriétate la herida con la mano y no te sueltes de mí —me ordena Sebasten al oído, con la voz dura, sin un solo matiz de duda.
Lenora lleva a mi hijo pegado a su pecho, cub