Visitar la cárcel no estaba en mis planes, pero el abogado de mi padre fue tajante. O iba a verlo, o filtraría información que destruiría la memoria de mi madre.
El olor del centro de detención era insoportable. Una mezcla de desinfectante industrial y desesperación que me revolvía el estómago, ya de por sí sensible por el embarazo.
Ricardo Varela apareció tras el cristal. No se veía como un hombre derrotado; mantenía esa sonrisa arrogante que me hacía dudar de mi propia victoria.
—Te ves radia