A las ocho en punto, las puertas de roble de la sala de juntas de Varela Corp —o lo que pronto sería el Grupo Hoffman— se abrieron de par en par. El aire olía a café caro y al miedo de doce hombres trajeados que habían vivido décadas bajo la sombra de mi padre.
Caminé hacia la cabecera de la mesa. El sonido de mis pasos era lo único que se escuchaba. Julián caminaba un paso por detrás de mí, como una sombra silenciosa y letal. Llevaba el brazo en cabestrillo, pero su sola presencia hacía que lo