55. EL RESCATE
ALAYA:
No podía apartar la mirada de la puerta, con el corazón latiendo a mil por hora. ¿Cómo pudieron delatarse de esa manera? No entendía a los licántropos, pero…, ¿por qué avisar que vienen a atacar? Esa había sido mi perdición. Dos figuras entraron y volvieron a arrastrarme como si fuera una muñeca rota. Esta vez ya no eran humanos, sino bestias salvajes.
—¿A dónde me llevan? —pregunté mientras me revolvía entre sus brazos—. El Alfa Reynolds se las cobrará si me hacen algo.
—¡Cállate, estúp