12. EL RAPTO DE ALAYA
REYNOLDS:
Un rugido de desesperación escapó de mi pecho, reverberando en las paredes de la mansión. Mi mirada recorría rápidamente el destrozado interior de mi habitación. La cama estaba volcada, los muebles despedazados y las cortinas rasgadas. El olor a hierro y muerte era cada vez más fuerte. ¿Cómo habían logrado hacer esto sin que lo escuchara? ¡Estábamos justo al frente!
—¡¿Dónde estás, padre?! —grité de nuevo—. ¡Alaya! ¡Sael! ¡Lobos a mí!
Un ruido me llegó desde el pasillo. Miré hacia la