100. UNA MANADA DE LOBOS

ALAYA:

Con Cristín aferrada a mi mano, caminé hasta la ventana. Las cortinas bloqueaban la vista al exterior, aunque mi loba Elara me había advertido que no era nada grave. ¿Qué iba a saber ella de lo que sucedía dentro de mí? Además, acababa de despertar anoche y seguramente no tenía idea de lo que pasaba en la manada, como yo sí.

—Alaya, ten cuidado —susurró Cristín a mi lado.

—Tranquila, nadie en la manada nos puede hacer daño —intenté calmarla y a mí misma—. Hay muchos guardianes.

Aunque en
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